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La narrativa del paraíso y la realidad de la violencia en Sinaloa

Mientras en el gobierno de Sinaloa se esfuerzan por confeccionar una narrativa de orden y resultados, las cifras y los hechos dibujan un panorama completamente opuesto. La recuperación de cinco vehículos robados y la detención de dos personas por violencia familiar, informada este jueves por la vocería oficial, fue presentada como un “resultado” destacable, cuando en realidad representa una gota en el océano del desastre que arrastra el estado.

Los datos aproximados de los últimos diez meses en Sinaloa son demoledores: 1,675 asesinatos, 5,977 vehículos robados, 14,717 empleos perdidos y 1,800 negocios cerrados. Una tragedia cotidiana que no encuentra eco en los comunicados oficiales ni en las declaraciones del gobernador Rubén Rocha Moya, quien parece habitar una versión paralela de la entidad donde todo marcha bien y la ciudadanía está en paz.

El problema no es que se informe sobre operativos menores o que se hagan llamados cívicos a la denuncia. El problema es que eso se presenta como si fuera un logro monumental mientras los indicadores estructurales delictivos, económicos y sociales colapsan. En este discurso del espejismo, cada vehículo recuperado es una medalla, mientras las víctimas del crimen organizado, del desempleo o del cierre de negocios son reducidas a cifras sin rostro.

Los operativos que presume la Secretaría de Seguridad Pública sirven más como recursos de propaganda que como herramientas efectivas contra la inseguridad. El retiro de cámaras “irregulares”, por ejemplo, se anuncia como una gran cruzada por la legalidad, cuando en realidad no se ha explicado aún con claridad quién instaló esas cámaras, con qué fines, ni por qué se actúa ahora y no antes. El silencio en torno a los verdaderos responsables de la vigilancia paralela, en muchos casos relacionada con grupos criminales, es más elocuente que cualquier conferencia de prensa.

Y mientras todo esto sucede, la respuesta del gobernador ha sido el silencio o la minimización. Para Rocha Moya y su gabinete, la violencia, el desempleo y el miedo son fenómenos residuales, manipulables a conveniencia de la narrativa. La ciudadanía, sin embargo, lo vive distinto: salir a trabajar o circular por carreteras estatales es un acto de riesgo; emprender es una apuesta incierta; denunciar es un ejercicio de fe.

La fractura entre el discurso gubernamental y la realidad social ya no es una brecha, es un abismo. La negación oficial del caos no lo disipa, solo lo posterga y lo agrava. La confianza ciudadana no se construye con partes informativos de operativos menores, sino con acciones tangibles, estrategias eficaces y, sobre todo, con una verdad sin maquillaje.

Sinaloa necesita más que narradores de buenas noticias. Necesita gobierno, presencia institucional real y un compromiso sin simulaciones con la seguridad, el empleo y la justicia. Porque mientras unos se congratulan por recuperar un Mercedes Benz robado, otros pierden la vida, el empleo o su pequeño negocio sin que a nadie parezca importarle. Esa es la verdad que ningún boletín puede ocultar.

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